Mostrando entradas con la etiqueta Historias de terror. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Historias de terror. Mostrar todas las entradas
miércoles, 9 de marzo de 2016
INCONMOVIBLE
En mi sueño vi una casona decrépita, azul y fría, perfilándose sobre una colina pedregosa. La noche avivaba su negrura con el tañido de una campana lejana, tres o cuatro golpes que morían a poca distancia. Pensé en una iglesia, pero la idea de algo sagrado me dio escalofríos. Arriba de las nubes sucias debía estar la luna, pero nada de esa luz pálida traspasaba la barrera de los cielos.
En mi sueño estaba perdido, aislado. Me metí a escondidas en la casona por una ventana del costado, porque soy precavido y porque no quería pisar los escalones de piedra de la entrada principal (parecían de hueso), y tal vez hubiera algo detrás de la puerta, acechando con hambre...
Entré finalmente, y abandoné la esperanza. Dentro no había ningún cuarto, sino que salí a una especie de pueblo viejo y olvidado de Dios. Caminé por una callejuela de tierra haciendo un ruido repulsivo: a grava, a insecto, a rechinar de dientes. Me detuve para mirar dentro de la primera casona, por la ventana.
Un hombre rastreaba algo, un hilo de sangre en un laberinto de hierros. Se acercaba a su presa. Su presa era un amigo al que mataba sin motivo. Hundía su cuchillo en el corazón del otro, y sentía que su misión estaba cumplida y que podia descansar en paz. Yo miraba sin parpadear. Caminé hacia la segunda casona para ver qué pasaba ahí.
Un viejo caminaba harapiento por la calle llena de gente. Había un perro. Se acercaba al animal y luego de acariciarlo sacaba una sierra con la cual le cortaba una pata, sin que nadie hiciera nada. Inmutable, fui un poco más allá, a la tercera casona.
En la oscuridad, había un haz de luz que alumbraba solo a un hombre tirado en el suelo, con las manos atadas en la espalda. Alguien, en la total oscuridad, hacía ruido arrastrando una silla. Se sentaba cerca, supongo, y le hablaba. El otro callaba. Entonces se hizo visible la silla, que asentaba una pata en la entrepierna del hombre atado. Alguien se sentó de golpe y adiviné un grito. Seguí de largo, sin apuro, para mirar los demás edificios, que parecían interminables.
PARECE QUE ESTAMOS ATRAPADOS - VERSION PROPIA DE "LA JOVEN DEL CEMENTERIO"
Esta es mi versión de una conocida historia, relatada innumerables veces. Espero que les guste.
Aquella tarde de primavera decidió finiquitar el asunto y hacer la visita al cementerio que tanto venía esquivando. Llegó un poco tarde porque el día estaba lindo y quiso caminar. El portero le avisó que en media hora cerraba.
Había poca gente por los caminitos silenciosos. Casi todos de salida. Un poco más adelante estaba el sotanito familiar, donde pensaba dejar las flores, rezar algo y volverse. Miró lo gris y lo indiferente de la piedra y entonces le punzó el recuerdo. Estaba en el lugar más olvidado del mundo.
Se le pasó el tiempo sin rezar, y cuando miró lejos hacia el portón del frente vio que ya estaba cerrado. Sintió un nudo en la garganta pero pensó, tratando de no angustiarse, que el cuidador debía andar por ahí cerca. Todavía estaba claro, pero la quietud era opresiva. No había nadie en el sector del enrejado principal, así que se dirigió hacia donde creía recordar que se hallaba la puerta del costado, suponiendo que el empleado querría cerciorarse de que todo estuviera seguro. En la intersección de dos callejuelas se cruzó con una joven pálida. Los dos se sobresaltaron al verse, porque iban apurados. Ella sonrió y le dijo que quería salir. Él contestó, aliviado, que andaba en el mismo trámite. Ella le dijo que la siguiera, y él hizo caso, contento por esa companía tan agraciada.
domingo, 10 de agosto de 2014
EL SECRETO DE LOS PERROS - VERSION PROPIA DE "LAS LAGAÑAS DEL PERRO"
Desde hacía una semana los perros de la cuadra ladraban incesantemente por las noches. No lo dejaban dormir, no lo dejaban pensar. Había quedado solo en la casa por al menos un mes, hasta que su padre y su nueva esposa volvieran de su luna de miel. Deambulaba ojeroso durante el día sin saber muy bien que hacía: lo movía la rutina.
Una tía abuela medio mística (la última que le quedaba) le dijo por esos días: "Los perros ladran tanto porque ven cosas que nosotros no podemos conocer. Algo anda rondando, por eso los perros no tienen paz.". Parecía una idea rara pero extrañamente razonable. Aceptarla implicaba darle el visto bueno a un sin fin de cosas en las que nunca había creído; por otro lado, un animal tan noble y con sentidos tan aguzados (quizás incluso con sentidos desconocidos para los humanos) tranquilamente podía estar percibiendo en esos momentos un mundo de sombras que nosotros jamás alcanzaríamos.
Se encaprichó con el secreto de los perros.
Haciendo una rápida investigación se topó con la leyenda de las lagañas del perro, aquella que cuenta que, si una persona se coloca sobre los ojos (durante una semana) lagañas de perro, a la medianoche de la séptima jornada será capaz de ver todo aquello que escapa a nuestras miradas mundanas.
Tomó coraje; una mañana, arrancando las vacaciones de invierno, se despertó temprano, sigilosamente se acercó a su perro que dormía y le limpió las dichosas lagañas. Se resistió durante unos segundos a colocarse esa sustancia cremosa y desagradable pero por fin, con una mueca de asco, se restrego con ella los ojos.
Ardió, pero resistió el impulso de lavarse.
Habiendo transcurrido un día completo, se asomó a la ventana para comprobar si había tenido éxito, pero no veía más que el panorama desolador de siempre. Siete días entonces, no uno. Tuvo la precaución de tomar los antibióticos que encontró en el botiquín, pensando que lo ayudarían a mantener sus ojos en condiciones. Por las mañanas se colocaba lagañas frescas. Pasaba las noches en vela, incómodo, dolorido, expectante y un poco asustado. ¿Qué vería, si el ritual funcionaba? ¿Qué pasaría si no? Las veces que no aguantaba más y dormitaba, se despertaba sobresaltado, sintiéndose observado.
Finalmente llegó el momento de la verdad. Para entonces tenía los ojos hinchados, pegoteados y supurantes.
Una tía abuela medio mística (la última que le quedaba) le dijo por esos días: "Los perros ladran tanto porque ven cosas que nosotros no podemos conocer. Algo anda rondando, por eso los perros no tienen paz.". Parecía una idea rara pero extrañamente razonable. Aceptarla implicaba darle el visto bueno a un sin fin de cosas en las que nunca había creído; por otro lado, un animal tan noble y con sentidos tan aguzados (quizás incluso con sentidos desconocidos para los humanos) tranquilamente podía estar percibiendo en esos momentos un mundo de sombras que nosotros jamás alcanzaríamos.
Se encaprichó con el secreto de los perros.
Haciendo una rápida investigación se topó con la leyenda de las lagañas del perro, aquella que cuenta que, si una persona se coloca sobre los ojos (durante una semana) lagañas de perro, a la medianoche de la séptima jornada será capaz de ver todo aquello que escapa a nuestras miradas mundanas.
Tomó coraje; una mañana, arrancando las vacaciones de invierno, se despertó temprano, sigilosamente se acercó a su perro que dormía y le limpió las dichosas lagañas. Se resistió durante unos segundos a colocarse esa sustancia cremosa y desagradable pero por fin, con una mueca de asco, se restrego con ella los ojos.
Ardió, pero resistió el impulso de lavarse.
Habiendo transcurrido un día completo, se asomó a la ventana para comprobar si había tenido éxito, pero no veía más que el panorama desolador de siempre. Siete días entonces, no uno. Tuvo la precaución de tomar los antibióticos que encontró en el botiquín, pensando que lo ayudarían a mantener sus ojos en condiciones. Por las mañanas se colocaba lagañas frescas. Pasaba las noches en vela, incómodo, dolorido, expectante y un poco asustado. ¿Qué vería, si el ritual funcionaba? ¿Qué pasaría si no? Las veces que no aguantaba más y dormitaba, se despertaba sobresaltado, sintiéndose observado.
Finalmente llegó el momento de la verdad. Para entonces tenía los ojos hinchados, pegoteados y supurantes.
martes, 5 de agosto de 2014
CLASICOS: LA CAMPERA PRESTADA ( VERSION PROPIA DE "LA CHICA DEL CEMENTERIO" )
Esta vez retomo un clásico de las leyendas urbanas, para traerles mi propia versión. Tiene una pequeña gran diferencia con el relato original, espero que les guste! Cualquier opinión, comentario o crítica constructiva serán muy bien recibidos, saludos!
A pesar de haberse resistido tanto a salir, Ricardo terminó dando gracias por haberse decidido. Sus amigos prácticamente lo habían obligado, sabiendo lo difícil que era sacarlo de su cueva. El cumpleaños de uno de la muchachada fue la excusa perfecta y eficaz.
Daba gracias porque ya llevaba bailando casi dos horas con una chica hermosa, pálida y de cabellos negros, casi tan negros como sus profundos ojos. Los demás miraban con cierta envidia su conquista, murmuraban una que otra cosa, seguían tomando, pero de hecho estaban contentos de que por fin se le diera.
Así transcurría la noche, y Ricardo no recordaba haberse sentido tan feliz nunca antes en su vida. Ella no solo era bonita, sino también muy simpática y despreocupada. Irradiaba cierta candidez en lugar de la habitual sensualidad exacerbada que uno podría esperar. Vestía ropa ajustada, pero que cubría casi enteramente su cuerpo, dejando visibles apenas su cuello y un austero escote. Y sus pequeñas manos, que al tomarse con las de Ricardo (morenas, de largos dedos) parecían de marfil. Manos de porcelana, manos de muñeca.
Cuando al fin terminó la música y
encendieron las luces, la parejita salió abrazada. El frío de la noche los
golpeó apenas traspusieron la puerta del local. Ella se estremeció, y él, todo
galante, la cubrió con su campera. Se perdieron en una mirada intensa, se
besaron y el tiempo pareció trastabillar. Subieron a un taxi. Ella no tenía
teléfono, pero le mostró cual era su casa. Bajó del auto y antes de abrir la
puerta y perderse en la oscuridad de la casona, se giró en el umbral y le tiró
un beso. Unos segundos después, en el interior de la vivienda se encendió una
luz. Ricardo le indicó al conductor su dirección y continuó el viaje
sintiéndose dichoso.
Unos días después el muchacho volvió a la
casa de su amada, para buscar su campera y también para invitarla a salir de
nuevo. No había dejado de pensar en ella. Al no hallar timbre golpeó la puerta
con fuerza. Transcurrieron unos segundos que se le hicieron interminables,
pensando que tal vez ella le abriría. Pero lo atendió una anciana de ojos
cansados. Suponiendo que se trataba de la abuela, pidió con una
sonrisa hablar con Gabriela.
jueves, 30 de mayo de 2013
PICHON DE CRAVEN
Justo tuve que hacerle la entrevista a este tipo, a este que sueña con dirigir cortos de terror. Por qué tendrá que ser el papá de Santiaguito… y ya no me queda otra más que meterle pata, mañana tengo que entregar el trabajo, sino mejor me olvido de aprobar…
¿Cómo iba a saber que era el padre? La mamá me atendió muy bien, sin problemas, todo perfecto, pero a la hora de la verdad se manda mudar y yo quedo con el pichón de Wes Craven. En cuanto me abrió la puerta y le vi la cara me di cuenta quién era. Todos los santos días comparte algún video o alguna noticia sobre películas de miedo, monstruos, fantasmas… maldita la hora en que le acepté la solicitud de amistad, y ahora mejor me olvido de tacharlo, después de la mano que me está dando con la entrevista…
No voy a ser capaz de hacer bien este trabajo, me pone nervioso esa mirada extraña que tiene. A simple vista no parece tener nada raro, hasta parece simpático, pero esos ojos… no se sabe si está aquí o allá, él igual siempre contesta, siempre habla, aunque no se si a mi, conmigo… ojos soñadores… ojos difusos…
Le veo la cara de buen tipo y no puedo, me hace dudar. Pienso en esos videos, en esos relatos, en las fotos… ¡y tanta gente que se copa y le sigue la corriente! Pero yo no soy así, y parece que él no se da cuenta. O veo esos ojos de no se qué y me parece que me lo hace de gusto, que sabe pero igual me manda la foto, el video, la leyenda urbana y qué se yo qué más. Y no me animo a sacármelo de encima.
Me molesta que me mire de esa manera. Sonriendo, hablando con voz tranquila, pero sin sacarme los ojos de encima. ¿Qué es lo que mira tanto? ¿Qué es lo que ve? Hasta siento el impulso de tocarme la cara para ver si tengo algo raro, pero no me animo, no quiero que sepa que me doy cuenta de cómo me mira. Algo anoto de lo que me dice, algo me acordaré después, si es que puedo.
lunes, 1 de abril de 2013
PAGINA 1
Parece mentira, pero otra vez te has quedado atrás. Si alguien te ofreciera dinero para que te separaras a propósito del grupo, no podrías hacerlo tan bien. Siempre al regreso, después del camping, tus amigos saben qué deben hacer: esperar un poco, porque entre los sonidos de la naturaleza, los murmullos de ciertas corrientes secretas, los destellos del sol entre el follaje (que parecen hipnotizarte por un momento), y sobre todo por esa manía de fotografiarlo todo...
Seguramente están esperándote más adelante. Pero esta vez tardaron mucho en desarmar la carpa, caminaron más lento que de costumbre, ellos mismos parecen haberse distraído bastante por el camino. Un error de cálculo: el sol está detrás de los cerros, la tarde va muriendo de a poco.
Caminas con prisa, y tu respiración se acelera. Cada paso parece oscurecer un poco más el escenario. Hasta que al fin, después de recorrer un buen tramo de monte, llegas a un sendero arbolado. Tu teléfono no tiene señal. De tus amigos, ni noticias.
Se hace de noche y no hay luna.
Tratas de calmarte, tratas de pensar en una solución, de encontrar una salida. Te has perdido, te has separado de tu grupo, no tienes manera de comunicarte con nadie y, para terminar, no puedes ver nada. Al menos tienes la linterna.
Seguramente están esperándote más adelante. Pero esta vez tardaron mucho en desarmar la carpa, caminaron más lento que de costumbre, ellos mismos parecen haberse distraído bastante por el camino. Un error de cálculo: el sol está detrás de los cerros, la tarde va muriendo de a poco.
Caminas con prisa, y tu respiración se acelera. Cada paso parece oscurecer un poco más el escenario. Hasta que al fin, después de recorrer un buen tramo de monte, llegas a un sendero arbolado. Tu teléfono no tiene señal. De tus amigos, ni noticias.
Se hace de noche y no hay luna.
Tratas de calmarte, tratas de pensar en una solución, de encontrar una salida. Te has perdido, te has separado de tu grupo, no tienes manera de comunicarte con nadie y, para terminar, no puedes ver nada. Al menos tienes la linterna.
LA LECHUZA - (LA NOCHE A LO LARGO DE ESOS CAMINOS I)
Yendo desde Capital hacia el interior, después de una jornada agotadora, manejaba la moto a media velocidad, con ella dormida a mis espaldas.
La noche a lo largo de esos caminos puede volverse inquietante: asfalto, luz, ruta; y el motor que sostiene su misma, única nota interminable. Estábamos solos.
El viento frío me helaba las manos y la cara, el sueño me pesaba en los párpados; su abrazo me hacía anhelar más que nunca llegar a casa.
Cada tanto, por la otra vía nos cruzaba algún auto haciendo estrépito; en el invierno parecen rugir de apuro. Solamente un camión nos adelantó esa noche, paradójicamente silencioso.
Iba pensando en no dormirme, iba pensando en lo lindo que sería cerrar los ojos un momento y descansar la vista, iba pensando en que no podía acostarme como quería (iba en la moto, ¿cómo me iba a acostar?). Luchaba contra el sueño, el frío, el silencio, la ruta que no se acababa. Y también contra su confortable abrazo.
La noche a lo largo de esos caminos puede volverse inquietante: asfalto, luz, ruta; y el motor que sostiene su misma, única nota interminable. Estábamos solos.
El viento frío me helaba las manos y la cara, el sueño me pesaba en los párpados; su abrazo me hacía anhelar más que nunca llegar a casa.
Cada tanto, por la otra vía nos cruzaba algún auto haciendo estrépito; en el invierno parecen rugir de apuro. Solamente un camión nos adelantó esa noche, paradójicamente silencioso.
Iba pensando en no dormirme, iba pensando en lo lindo que sería cerrar los ojos un momento y descansar la vista, iba pensando en que no podía acostarme como quería (iba en la moto, ¿cómo me iba a acostar?). Luchaba contra el sueño, el frío, el silencio, la ruta que no se acababa. Y también contra su confortable abrazo.
BORRO
Intento terminar de escribir el relato, pero no puedo concentrarme. Si no es la charla de las visitas, es el ruido de los autos al pasar. Ni siquiera en la clausura del estudio encuentro la tranquilidad que me permita escuchar mis propios pensamientos. Miro ansiosamente el reloj. Todavía no.
Tipeo, borro, tipeo. Releo, corrijo, prosigo, resumo, reniego... Decido descansar un minuto. No se para qué me esfuerzo tanto.
Borro.
Solamente tengo que esperar. Al principio me daba miedo, pero siento que ya me he acostumbrado.
Me tiro boca arriba en el sofá, los brazos cruzados sobre el cuerpo, los ojos cerrados. Trato de ver adentro. Me cuesta delinear las formas. No termino de entender. No encuentro nada de lo que busco. Miro preocupado el reloj. Todavía no.
Me levanto, camino por el cuarto con gesto amargo. Trato de recapitular lo que llevo escrito. No le encuentro mucho sentido. No me entusiasmaría mucho leer eso. No vale demasiado la pena. No se para qué me esfuerzo tanto...
Borro.
Tipeo, borro, tipeo. Releo, corrijo, prosigo, resumo, reniego... Decido descansar un minuto. No se para qué me esfuerzo tanto.
Borro.
Solamente tengo que esperar. Al principio me daba miedo, pero siento que ya me he acostumbrado.
Me tiro boca arriba en el sofá, los brazos cruzados sobre el cuerpo, los ojos cerrados. Trato de ver adentro. Me cuesta delinear las formas. No termino de entender. No encuentro nada de lo que busco. Miro preocupado el reloj. Todavía no.
Me levanto, camino por el cuarto con gesto amargo. Trato de recapitular lo que llevo escrito. No le encuentro mucho sentido. No me entusiasmaría mucho leer eso. No vale demasiado la pena. No se para qué me esfuerzo tanto...
Borro.
FALSA ALARMA
Trabajaba en la farmacia de un sanatorio. En ese tiempo hacía turnos nocturnos.
Un viernes a la noche estaba charlando con los dos chicos de la guardia y de repente uno dice "¡Escuchen!".
Nos callamos, y no oíamos nada. Pero él se levanta y dice "...son pasos... en el primer piso... pasos en los ultimos escalones, y la puerta...".
Sudor frío...
Al primer piso se accede por una escalera que está ahí nomás, a unos metros de donde nos ubicábamos nosotros. El que escuchó los ruidos nos dice que lo sigamos. Nosotros con el otro flaco estábamos duritos. Pero al toque nos levantamos y lo seguimos.
Empieza a subir la escalera, detrás iba yo y al final quedó el otro, que no empezó a subir siquiera.
El primero termina de subir alumbrando con la linterna del celular, caminando despacito. Esa planta está llena de consultorios, a esa hora desocupados, y las luces todas apagadas.
Un viernes a la noche estaba charlando con los dos chicos de la guardia y de repente uno dice "¡Escuchen!".
Nos callamos, y no oíamos nada. Pero él se levanta y dice "...son pasos... en el primer piso... pasos en los ultimos escalones, y la puerta...".
Sudor frío...
Al primer piso se accede por una escalera que está ahí nomás, a unos metros de donde nos ubicábamos nosotros. El que escuchó los ruidos nos dice que lo sigamos. Nosotros con el otro flaco estábamos duritos. Pero al toque nos levantamos y lo seguimos.
Empieza a subir la escalera, detrás iba yo y al final quedó el otro, que no empezó a subir siquiera.
El primero termina de subir alumbrando con la linterna del celular, caminando despacito. Esa planta está llena de consultorios, a esa hora desocupados, y las luces todas apagadas.
LA MUJER DE LA CURVA
Para el habitante de ciudad, la noche cerrada es un fenómeno extraño. Estamos habituados a la luz anaranjada de las lámparas que iluminan nuestras calles. Encontrarse, por ejemplo, en algún lugar de una ruta donde no se ha instalado este servicio (o donde no funciona), nos fuerza a un máximo de atención al volante: solo podemos ver unos metros por delante, en el área cubierta por el haz de los faros. Bajamos la velocidad, aguzamos nuestra visión, e irremediablemente nuestros demás sentidos parecen afinarse. Hay ocasiones en las que no podemos evitar que nuestra mente también se reactive
Pero en este relato no hace falta estar a oscuras.
Se cuenta que un conductor iba manejando su auto de noche, por un tramo bien iluminado. Iba despacio (y con sus sentidos alertados) debido a una llovizna intermitente y a la neblina inoportuna que se había formado desde varias horas antes. En un momento, a lo lejos, divisa una figura. Al acercarse más, se da cuenta de que se trata de una mujer joven, con la ropa empapada y un poco embarrada, que temblando le hace señas con una mano.
El conductor decide detenerse para auxiliar a la mujer. Ha escuchado historias sobre robos y asesinatos en la ruta que incluyen un cebo de este tipo, pero no ve a nadie más en los alrededores, y su conciencia no le permite simplemente abandonarla. Así que frena, abre la puerta y la deja subir.
La mujer, tiritando, le agradece por haber parado, mientras nuestro conductor reemprende la marcha rápidamente, por las dudas...
Pero en este relato no hace falta estar a oscuras.
Se cuenta que un conductor iba manejando su auto de noche, por un tramo bien iluminado. Iba despacio (y con sus sentidos alertados) debido a una llovizna intermitente y a la neblina inoportuna que se había formado desde varias horas antes. En un momento, a lo lejos, divisa una figura. Al acercarse más, se da cuenta de que se trata de una mujer joven, con la ropa empapada y un poco embarrada, que temblando le hace señas con una mano.
El conductor decide detenerse para auxiliar a la mujer. Ha escuchado historias sobre robos y asesinatos en la ruta que incluyen un cebo de este tipo, pero no ve a nadie más en los alrededores, y su conciencia no le permite simplemente abandonarla. Así que frena, abre la puerta y la deja subir.
La mujer, tiritando, le agradece por haber parado, mientras nuestro conductor reemprende la marcha rápidamente, por las dudas...
GUARDIA NOCTURNA
-Cuando has estado tanto tiempo como yo trabajando aquí te acostumbrás al silencio. Me imagino que para vos debe ser un poco complicado ahora, pero dale tiempo y vas a ver como después ni cuenta te das.
Le paso el mate a mi nuevo compañero. Amargo, fuerte. Bueno para mantenerse despierto.
-¿Hace mucho que esto está sin terminar?
-Ufff… Siempre dicen que lo terminan, que lo inauguran, se cambian los planes… al final siempre quedamos en lo mismo.
Chupa la bombilla con cuidado. El mate anterior le quemó la boca. Asiente mientras sorbe y mira la nada. ¿Qué estará pensando?
-Mete miedo este edificio. Está muy oscuro allá atrás. Y encima hace frío. Más frío adentro que afuera.
-A veces pasa. El fondo no tiene luz, pero no te hagas problema que no tenemos que ir para ese lado. Está todo cerrado. Nada más tenemos que cuidar que nadie entre por acá adelante.
Me devuelve el mate. No se lo ve atemorizado, pero si muy ensimismado. A lo mejor lo que lo inquieta de trabajar de noche es tener que separarse de alguien.
Le paso el mate a mi nuevo compañero. Amargo, fuerte. Bueno para mantenerse despierto.
-¿Hace mucho que esto está sin terminar?
-Ufff… Siempre dicen que lo terminan, que lo inauguran, se cambian los planes… al final siempre quedamos en lo mismo.
Chupa la bombilla con cuidado. El mate anterior le quemó la boca. Asiente mientras sorbe y mira la nada. ¿Qué estará pensando?
-Mete miedo este edificio. Está muy oscuro allá atrás. Y encima hace frío. Más frío adentro que afuera.
-A veces pasa. El fondo no tiene luz, pero no te hagas problema que no tenemos que ir para ese lado. Está todo cerrado. Nada más tenemos que cuidar que nadie entre por acá adelante.
Me devuelve el mate. No se lo ve atemorizado, pero si muy ensimismado. A lo mejor lo que lo inquieta de trabajar de noche es tener que separarse de alguien.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)



