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lunes, 1 de abril de 2013

LA MUJER DE LA CURVA

Para el habitante de ciudad, la noche cerrada es un fenómeno extraño. Estamos habituados a la luz anaranjada de las lámparas que iluminan nuestras calles. Encontrarse, por ejemplo, en algún lugar de una ruta donde no se ha instalado este servicio (o donde no funciona), nos fuerza a un máximo de atención al volante: solo podemos ver unos metros por delante, en el área cubierta por el haz de los faros. Bajamos la velocidad, aguzamos nuestra visión, e irremediablemente nuestros demás sentidos parecen afinarse. Hay ocasiones en las que no podemos evitar que nuestra mente también se reactive
Pero en este relato no hace falta estar a oscuras.

Se cuenta que un conductor iba manejando su auto de noche, por un tramo bien iluminado. Iba despacio (y con sus sentidos alertados) debido a una llovizna intermitente y a la neblina inoportuna que se había formado desde varias horas antes. En un momento, a lo lejos, divisa una figura. Al acercarse más, se da cuenta de que se trata de una mujer joven, con la ropa empapada y un poco embarrada, que temblando le hace señas con una mano.
El conductor decide detenerse para auxiliar a la mujer. Ha escuchado historias sobre robos y asesinatos en la ruta que incluyen un cebo de este tipo, pero no ve a nadie más en los alrededores, y su conciencia no le permite simplemente abandonarla. Así que frena, abre la puerta y la deja subir.
La mujer, tiritando, le agradece por haber parado, mientras nuestro conductor reemprende la marcha rápidamente, por las dudas...